Elisabet Fernández

Cartas

Aprender a bailar los grises: la vida en pareja cuando llega la rutina

Todas las grandes historias de amor son grises la mayor parte del tiempo. Nadie nos enseña a bailar los grises.

Creo que la vida en pareja, y también la vida de uno, se juega casi siempre en lo pequeño. En la manera de darse los buenos días. En quién se levanta a poner la cafetera. En si levantamos la vista del móvil cuando el otro nos cuenta cómo le ha ido.

Los grises son los martes

Los grises son la lista de la compra pegada en la nevera. Las noches en que uno se queda dormido en el sofá con la tele encendida. Las conversaciones que empiezan con «¿has llamado al fontanero?» y terminan ahí. Crecimos con la idea de que el amor eran los fuegos artificiales, y cuando llega la vida corriente, con sus horarios y su cansancio, pensamos que algo se ha roto. Muchas veces no se ha roto nada. Simplemente ha llegado lo cotidiano, y nadie nos explicó qué hacer con ello.

Lo que se gasta sin que nadie lo decida

Una pareja se construye con cosas pequeñas: el primer café de la mañana, la manera de decir el nombre del otro, las bromas que solo entienden dos. Con los años y las prisas, esas cosas se gastan sin que nadie lo decida. Casi siempre siguen ahí, más calladas, esperando a que alguien les vuelva a hacer sitio.

Bailar los grises

Bailar los grises es aprender a encontrar la música en lo que se repite. El café que alguien te deja hecho sin que se lo pidas. La mano en la espalda al cruzarse en la cocina. La broma de siempre, que después de tantos años todavía os hace reír. Nada de eso sale en las películas, y sin embargo es de lo que está hecha una vida en común.

El cuerpo lo sabe antes que nosotros

Cuando vamos agotados, los grises pesan y todo parece cuesta arriba. Cuando descansamos un poco, esos mismos grises, a veces, brillan. Por eso casi siempre empiezo por ahí, por el cuerpo y por el ritmo de los días, antes de hablar de lo que va mal. Dormir mejor, comer con calma, salir a caminar: parece poca cosa, y es el suelo sobre el que se sostiene todo lo demás.

Un gesto para esta semana

Cada noche, antes de dormir, cuéntale a tu pareja un gris de ese día que, mirado con calma, tenía algo de luz. Uno solo, sin adornos. Si ahora estás en otro momento de tu vida, apúntalo en un cuaderno. Al cabo de una semana, relee lo que habéis dicho o lo que has escrito.

Una lectura

Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg. Un libro breve, de ensayos sobre la vida doméstica, el oficio y los afectos, escrito con una sencillez que desarma. Para leer despacio, un poco cada noche.

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